Cuando dejo mis zapatos pegaditos a los tuyos, no sé bien
no entiendo bien si estoy construyéndome un futuro
o curándote un pasado pero sé que este cuento no acabó.
Cuando dejo mis zapatos pegaditos a los tuyos, no sé bien
no entiendo bien si estoy construyéndome un futuro
o curándote un pasado pero sé que este cuento no acabó.
En algún momento de la vida llegué a pensar en el gusto por escribir como mi padre.
Me encanta cómo escribe.
El escribe con el corazón, pero no con las visceras.
Con él aprendí que no se escribe con coraje. Para escribir y transmitir el mensaje primero hay (había) que meter la cabeza en el congelador y después sentarse a escribir.
Aprendí a conocer y reconocer que hay buenos periodistas, a pesar de que el gremio sea en lo general, corrupto… corrupto… corrupto.
De él aprendí a escribir.
Aprendí a conocer las letras a la par que aprendía a usar una máquina de escribir.
Me encantaba pasar el tiempo en su compañía, sentada en una sillita de madera casi abajo de la que fue la mesa de redacción de una revista de circulación local.
Aún disfruto pasar el tiempo en su compañía, aunque ahora ya no nos sentemos a escribir.
Alguna vez toque el tema de los piropos.
Frente al edificio donde vivo está otro edificio en construcción y desde que despierto se escucha el silbido piropeante de los albañiles que ahì trabajan.
Toda la mañana es lo mismo, no hay mujer que pase en esa acera o en la acera de enfrente, a la que no le silben.
Cuando pienso en la cuestión de los piropos, pienso que es algo muy singular.
Y aunque como alguien me dijo una vez: el acto de piropear es un acto invasivo (y yo diría que en algunas ocasiones hasta repulsivo), también creo que hay de piropos a piropos.
Hay unos que son tan agresivos y que invaden el espacio privado con una violencia tan fuerte, que no quedan ganas ni de recordarlos.
En cambio hay piropos muy bellos, y no creo que dependa tanto del quién lo diga sino del cómo se diga; ni creo que dependa tanto del dónde se diga sino de la intención de las palabras… aunque sin duda a veces ese conjunto del quién, cómo, dónde, cuándo y qué dijo, les da el toque.
tu piel y mi piel ves que se reconocen
es la memoria que hay en nuestros corazones