Alguna vez toque el tema de los piropos.
Frente al edificio donde vivo está otro edificio en construcción y desde que despierto se escucha el silbido piropeante de los albañiles que ahì trabajan.
Toda la mañana es lo mismo, no hay mujer que pase en esa acera o en la acera de enfrente, a la que no le silben.
Cuando pienso en la cuestión de los piropos, pienso que es algo muy singular.
Y aunque como alguien me dijo una vez: el acto de piropear es un acto invasivo (y yo diría que en algunas ocasiones hasta repulsivo), también creo que hay de piropos a piropos.
Hay unos que son tan agresivos y que invaden el espacio privado con una violencia tan fuerte, que no quedan ganas ni de recordarlos.
En cambio hay piropos muy bellos, y no creo que dependa tanto del quién lo diga sino del cómo se diga; ni creo que dependa tanto del dónde se diga sino de la intención de las palabras… aunque sin duda a veces ese conjunto del quién, cómo, dónde, cuándo y qué dijo, les da el toque.